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Afuera hace demasiado frío


Afuera hace demasiado frío.
Yo no duermo en una cama dura. A mí me gusta leer de noche con luz eléctrica.
Me gustan los hipermercados hiperllenos y las tarjetas de crédito con bastante saldo.
Afuera, donde la verdad grita, hace demasiado frío.
Los mendigos de los portales huelen mal. Me dan miedo los yonquis enloquecidos de navajas. Y los barrenderos fosforescentes entre dos luces me dan como tristeza.
Yo no salgo sino cuando el sol reina en el centro del día.
O cuando la noche no me tiene más que a mí para consolarse de su soledad.
Escondido en la intimidad hermética de mi automóvil, atravieso las calles inhóspitas pobladas de sombras o de gentío y me desplazo de búnker en búnker, todos ellos construidos con gruesos muros de cristal trasparente y guarnecidos de pantallas planas de altísima definición.
Afuera, donde se pagan mis cuentas, hace demasiado frío.
La turba horripilada hace cola de noche en la parada del autobús, roja de frío, y luego se embute en el vehículo y se recalienta en silencio áspero, conocido y ajeno.
No me pidas que salga a mezclarme con ella. Prefiero que algunos vengan a mi casa y se desnuden en sus estancias cálidas y luminosas y que se reconforten con mis licores exquisitos y que se despojen de los relojes y que canten y bailen fuera del tiempo y que luego se acuesten a fornicar o a dormir en íntimos, confortables lechos.

El ciudadano X

El ciudadano X no es feliz. No tiene a nadie que se interese por su vida, nadie con quien compartir, al final de la jornada, las cotidianas emociones, las ideas que van y vienen.
Nadie: se acaba el trabajo y es como si se acabara la vida, los fines de semana se hacen eternos, los puentes, temibles, las vacaciones, angustiosas.
Muy de tarde en tarde, recibe la llamada de un familiar con el que discutió hace años o de algún amigo lejano. El ciudadano X responde que todo va bien, quizá fingiendo un poco de euforia, y se interesa por la familia de sus interlocutores, por los trabajos, los estudios, los proyectos, los hijos que prosperan, las próximas vacaciones.
El ciudadano X pasa solo las navidades, el día 24 por la noche y también el 25. Hace tiempo que decidió no aceptar la compasión de nadie. Asumir que está solo. La soledad tiene sus ventajas, se dice.
Pero el ciudadano X, con trabajo, con casa, con coche, con una ciudad entera hirviendo a su alrededor, no es feliz, nunca sonríe. Se siente solo, peor, abandonado, y guarda, acumula rencor, no sabe muy bien cuánto ni a quién, por dejarlo pudrirse de soledad enfrente de una pantalla, delante de una cerveza, al lado de dos desconocidos que se hablan, que se besan. El ciudadano X (la ciudadana X) abunda, es conocido, nos lo cruzamos por la calle, en el cine, en el parque, en el bar, en el centro comercial, siempre solo. Es correcto, amable. Buenos días, buenas tardes, cuánto le debo, gracias, un café por favor. El ciudadano X toma somníferos y antidepresivos, pero no le gusta abusar.
Estimado lector de Mundo Hispánico, si conoces al ciudadano X, prueba a darle una oportunidad, prueba a devolverle la palabra

Miradores

Aunque tengo la vista cansada, despierto una mañana en mi cubículo y me asomo a mis miradores: a la ventana, al espejo y a la pantalla plana.
Desde la ventana contemplo el cielo  gris obstinado y apenas  adivino el lago detrás de la neblina.
En el espejo tropiezo con mi cuerpo desnudo, que me gratifica, perdón, que me gratificaba.
En la pantalla plana puedo ver a Rajoy, ¿qué queda en él de Franco?, y a Rubalcaba, ¿qué queda en él de Pablo Iglesias?, compartiendo cortésmente el coto de caza del señor dineroteneiente,  donde trisca y abunda el indeciso.
 Cambio a aualinternacional, llena de fotos de colegas muy atareados, masticando esas nuevas píldoras para la implementación ¿de la ciencia infusa? que creo que se llaman jotaclic.
Visito a mis hijos en Tuenti, que siempre andan por allí con centenares de amigos y trato de interpretar su escritura críptica, que recuerda al español, y sus fotos excesivas, que reinventan el pudor.
Y, resumiendo, eso veo yo, turbio, nada de más importancia, con mi vista cansada, desde mis miradores: la ventana local, el espejo íntimo, la pantalla internáutica.
Pero cuando te miro, frente a mí, sonreírme, cuando cierro los ojos y te miro, amor mío, todo, pantalla, espejo, ventana, lago, cielo, todo lo llenas tú, todo lo aclaras.

Microcontrol

Ayer me dejé la ventana abierta y cuando me asomé mientras la cerraba me detuvo una percepción inquietante. Aquel paisaje no era el paisaje de siempre o al menos yo jamás lo había visto así. Quedé como en trance. Quizá sigo en trance.
Lo primero que acerté a sentir es que mi vida, mis pensamientos, mis emociones y mis deseos son una insignificancia en un cosmos caótico e inabarcable, sin lugar a dudas, fuera de mi control. Me dije que era un tópico, pero la angustia lo convertía en algo completamente nuevo para mí, inminente. Estaba rodeado de una realidad asombrosa, vertiginosa, que no podía sino admirar. Necesitaba mantener intacta mi capacidad de sorpresa, mi ingenuidad, para no perderme detalle de la maravilla. Contemplar ya es mucho.
Luego pensé que quizá merecía la pena tratar de comprender. Quizás había algunas leyes, algo racional, algo periódico, la vida y la muerte, la noche y el día, antes  y después, delante y detrás del horizonte. No sé, el cielo y la tierra y el agua, los niños y los adultos y los ancianos, yo y las mujeres que me atraen y el resto de los seres humanos…
Tratar de comprender, me dije, que no comprender. Tratar de controlar, que no controlar. Y tener la sensación de seguridad que nace de esa falsa creencia de que algo sí comprendo, de que algo sí controlo, de que algo sí que puedo hacer para mejorar las cosas.
Fue así como creé mi microcosmos y me puse a microcomprenderlo y a microcontrolarlo  y esa microilusión me llevo a actuar.  Me acordé de la frase de Goethe “la acción es la verdadera fiesta del hombre”, de la frase de Ortega “La vida cobra sentido cuando se hace de ella una aspiración a no renunciar a nada”, de la frase de Jesucristo “A cada día bástele su afán”, de la frase de Víctor Manuel “Aunque soy un pobre diablo, se despierta el día y echo a andar”, de la frase de Serrat “Hoy puede ser un gran día”, de la frase de mi abuela “No preguntes y hazlo tú”. Y animado por esos sabios predicadores, me dije: “Tú hazlo y ya iremos viendo”
Y en esas estoy, haciendo cosas, tan esperanzado yo. Buscando amor o al menos sexo, buscando mi genio creador o al menos disfrutando del de otros. Buscando la honestidad o al menos cumpliendo órdenes. Buscando la coherencia o al menos siguiendo mis impulsos. Buscando cambiar las cosas o al menos disimulando mi miedo a los cambios. Aquí sentado en la butaca de mi microcasa siento que todo está bajo microcontrol. Qué despiste, he vuelto a dejarme la ventana abierta.

Neuchâtel mismo

Amable lector habitante de Neuchâtel:
Hay un Neuchâtel longitudinal, moderno y urbano y otro Neuchâtel rural en la ciudad, anclado en el tiempo. Uno, de calzadas, semáforos, coches aparcados y autobuses amarillos; el otro, de escaleras, de pasadizos casi secretos, de rincones impensables.
A menudo me detengo a observar este último, el de los vericuetos, el de las sorpresas vegetales, el de los gatitos espías, y contemplo sus casas y casonas de caprichosa geometría, tejados y chimeneas, muros, aleros y ventanas, desafiando a la roca madre que a veces bosteza poderosa entre los tapiales. ¡De cuántas y variopintas maneras resuelve el esmero del lugareño o la eclosión de una naturaleza generosa los rincones que no robó la edificación a la empinada ladera!
Mientras aceras, calzadas y raíles permiten paralelamente el provinciano ajetreo de las gentes y sus afanes, la estridencia de los motores, las embestidas veloces y retadoras de los trenes, las escaleras permanecen solitarias, perpendiculares, silenciosas en su vértigo de peldaños como si fueran miradas de la montaña.
Así que, cuando tengas un rato de calma no te vayas de Neuchâtel, porque en Neuchâtel, solo con girar unos noventa grados la mirada y reducir el paso lo suficiente para cambiar la prisa por la contemplación, te sentirás de pronto viajero en algún lugar remoto donde cada rincón evoca, esconde algún fascinante descubrimiento. Por un momento te parecerá hermosa la soledad y ante tus ojos atónitos se abrirá un camino incitante, quizás sin fin. Es verdad que esto puede pasarte en muchos sitios: En Neuchâtel mismo.

Estilo de vida

Reconozco que ser infeliz posee cierto embrujo, digamos, cierta tentación estética. ¡Hay desgracias tan bellas! Dan como envidia. Da como rabia perdérselas, ¿verdad? Sí, la infelicidad, el sufrimiento lacerante y pasional puede ser un hermoso, un romántico error de juventud. Pero a la edad provecta, quizás convenga más ser feliz, ser decididamente feliz, vamos, hacer de la felicidad un estilo de vida. Te pongo un ejemplo:
Me despierto. Qué bien descansado estoy. Hace bueno hoy. Está precioso el lago. Siempre distinto. Muchas cosas que hacer. Todas me apetecen, pero sin prisa, sin estrés. Lo primero un paseíto por la orillita. A mirar hembras (¿mirar sí que se puede?), a sentir la brisa, a despertar los apetitos. Luego un desayuno ”rico, rico” en el lugar habitual, todo un rito. ¡Abajo la comida rápida! Atender el correo electrónico y postal. Consultar la agenda para hoy. Planificar la actividad del día con calma, con eficacia, con el rigor que exigen las responsabilidades asumidas, con el placer de innovar, de actualizar, de vivir el presente, de ilusionarse con los proyectos de futuro, de evitar los errores del pasado, de cosechar y conservar las buenas ideas, de atrapar la genialidad de un momento, si la suerte me la pusiera a tiro. Y todo ello confortablemente, sin agobios, como bailando con la vida.
Luego viene poner el día en práctica, interactuar con el entorno buscando mutua gratificación, cumpliendo con el programa trazado, observando y valorando los resultados en una búsqueda serena de superación, de excelencia, si cabe.
Y en las últimas horas del día, dejarse caer como lo hace el sol detrás de las montañas en una sonrisa compartida, en una conversación confiada, en una caricia regalada, en un ensueño erótico, quizás en un último frenesí, en un profundo reposo.
¿Me pones otro ejemplo?

Errancias de funcionario

Digo yo que, con perdón de los eruditos, la palabra “errancia” falta en el diccionario, porque si para errar (equivocarse) tenemos los sustantivos error, yerro, y el más específico errata, para errar (ir sin rumbo) no tenemos más que el adjetivo errante, que es muy bonito, pero sustantivo falta. Cuando se divaga, es decir, cuando se yerra con el pensamiento, se comete una divagación, perro cada vez que se va de acá para allá, sin otro propósito que el de recorrer algún camino, que el de dejarse sorprender por la vida, esa dama caprichosa, entonces lo que se comete es una errancia. Lo que dure, dura. Borges se quedó con ganas de más errancias. En su poema último confiesa que se arrepiente de haber usado demasiado el termómetro y el paracaídas. A mí que no me pase. Yo, aunque funcionario, estigma no pequeño, quisiera ser el funcionario errante. Ya sé que la expresión “funcionario errante” puede parecer contradictoria u obvia, según se mire, pero ya estoy acostumbrado a que me definan administrativamente con expresiones tan contradictorias (u obvias) como “propietario provisional” o “residente en el exterior”. Funcionario errante, eso es. El funcionario errante no quiere volver a olvidar esas bellísimas (y obvias) contradicciones de la adolescencia con que le han obsequiado sus hijos en su última visita. No pararía nunca de errar con ellos, porque ellos son capaces de beberse el mundo con los ojos, de comerse la felicidad de cada momento hasta que se les deshace en los labios, de reírse hasta perder el control, cantar hasta que se les quiebra la voz y desear hasta el aturdimiento, porque correrían hasta el límite de sus fuerzas para ver qué se esconde detrás del horizonte.
Cuando los hijos se le volaron, el funcionario errante sintió como si se le agigantara el pasado y forzó su lesa memoria para intentar mantener en los ojos y los labios, en la risa y el deseo, en los cantos y las errancias, el empuje de una resucitada adolescencia.

Tu navaja

Va todo muy deprisa, muy caótico. Difícil priorizar, todo interesa. Todo lleva a todo con urgencia. Y no sería ético renunciar a la lírica del camino.
He pasado una hora virtual con Concha Buika. Me la presentó virtualmente MH. Y Bebo Valdés, que andaba por allí, ha mencionado la retroalimentación emocional. Y yo, vaya usted a saber por qué tipo de retroalimentación, he pensado que lo importante es tener la llave del corazón de un ángel y que esa llave, como un aguijón, siempre capaz de traspasar el blindaje de cualquier intimidad y de libar los más recónditos elixires, los más exquisitos almíbares, quizá podría ser, amor, como tu navaja.
Tu navaja de frío acero reventó mi corazón y desde aquel tajo preciso hasta el cercano fin de mis días, no hago sino bañarte con mi sangre y sentir la infinita placidez de quien se desvanece de amor.
Tu navaja revestida de tersa piel de seda, impulsada por una pasión asesina contenida en hielo, me alcanzó en el punto más virginal de mis entrañas y un manantial novísimo de placer y de asombro brotaba y me arrastraba por un cauce de vértigo hacia una dicha cierta, hacia una felicidad incontestable.
¿Por qué cambiaste, amor, tu navaja de plata por el látigo? ¿Por qué ya no te acercas para seguir hiriéndome? ¿Por qué sigues abriéndome la piel desde tan lejos?

El día que perdí la Navidad

El día que perdí la Navidad estaba gimiendo y llorando en este valle de lágrimas, regando mi desierto jardín, cuando se me apareció, brillante como una estrella de tres puntas, carnal como un monte de Venus, una desterrada hija de Eva. ¿Cómo temblaba? Temblaba como una gota de rocío. ¿Cómo suspiraba? Suspiraba como un adolescente enamorado. Me acerqué hasta su corazón para escuchar el trepidar de cada latido y me bañé en su mirar de gacela herida. Entonces supe que no me equivocaba: ella era mi flor.
Hundí, pues, sus pies descalzos en la tierra mojada y la regué con la nieve de mi eterna espera y ella me regalaba con la fragancia de sus siete pétalos y florecía por doquier su vegetal concupiscencia. Yo entonces aún no sabía que había perdido la Navidad.
Llegó el momento en que no había versos en todos los poemas, en que no había colores en todas las paletas, en que no había notas en todas las sinfonías para cantar la gloriosa desnudez de mi ninfa, el candor fertilísimo de mi musa.
Los días se tornaban ángeles alados, las muletas de la realidad se sustentaban en una brisa tenue y todo el mundo se volvió de nube.
Sabed que todo esto que os cuento sucedió exactamente así y es la crónica rigurosa y original de mi recuerdo.
Ay, ay, ay, ¿por qué utilizaste tus piernas para andar? ¿Por qué creciste? ¿Por qué yo envejecí? ¿Qué pudo suceder para que un día cualquiera me sorprendiera sentado en mi jardín desierto, en mi jardín de siempre, ya sin Navidad?

El primer amor

Primero me pasé muchos días mirándote a escondidas, muchas noches cegado por tu imagen: yo nunca había visto un ángel.
No recuerdo cuanto tiempo estuve luchando contra mi cobardía hasta que me atreví a hablarte por primera vez. Tu rechazo o tu indiferencia me habrían herido de muerte, pero no: sonriendo, me regalaste una respuesta.
Empezamos a conversar. Hablábamos de nosotros, de los demás, de nada. Descubríamos con asombro que en todo coincidíamos, que todo lo construíamos juntos, ya para siempre.
El primer beso nos sorprendió a los dos, nos avergonzó a los dos y luego siguieron cientos, miles de besos durante muchos días y muchas noches, hasta que todo tu cuerpo se volvió de miel.
Por qué, cuándo o cómo nos perdimos es algo que nunca he llegado a comprender, algo que ni siquiera logro recordar.
Pero tengo la certeza íntima de que, aquel lejano día, el resto de mi vida se transformó en el resto de mi muerte.
Y sé que en todos los besos que después he dado, los de coñac y tabaco, los de agua de rosas y los de leche templada, he buscado ese último sabor a miel.

Música para una resurrección

Yo ya estaba enamorado de la música de Mozart la noche en que me deslumbró con un vestido nuevo: Las bodas de Fígaro. Me acompañaba una mujer que quizás me amó. Para los dos era la primera vez. Hubo momentos en que la emoción nos llevaba casi al sollozo. Me dije que tan sólo esa ópera era una buena razón para no morir nunca. Después la escuché durante muchos días y muchas noches y no sé cuándo, sin ningún motivo, dejé de escucharla. Entonces empezaron a pasar años, como diez o más (¿o dos días?) durante los cuales ópera y mujer permanecieron sepultas en mi memoria bajo sendos epitafios: “Aquí yace mi música preferida”. “Aquí yace una mujer que quizás me amó”. El olvido y la muerte serían idénticos, si no fuera porque el olvido a veces nos regala con el milagro de la resurrección. Tres regalos he tenido yo. Uno. La mujer que quizás me amó se me apareció al tercer día y me dijo que sí, que me amó y que desde entonces sigue escuchando la ópera y recordándome. Dos. Mi hijo me pregunta al tercer día que cuál es mi música preferida y yo le contesto que Las bodas de Fígaro y la escuchamos juntos y vemos juntos Amadeus y trato de transmitirle mi amor por la música de Mozart. Y tres. Al tercer día, mis hijos me regalan por mi cumpleaños una entrada para Las bodas de Fígaro en el Real, ahora, en julio. Así que yo he vuelto a escucharla durante muchos días y muchas noches y han nacido lirios en el desván y no ha pasado el tiempo y la piedra del sepulcro se ha descorrido sola y han aparecido brillando como si fuera ayer, Fígaro con su audacia, Susana con su honestidad, el Conde con su lujuria, la Condesa con su desamor y su perdón, Barbarina que llora porque perdió un alfiler, Querubín que pregunta qué es el amor. Y todas esas emociones tan humanas, tan cercanas, tan graciosamente enredadas en la comedia de Beaumarchais, transformadas en valor universal, en arte sublime, en eternidad, si cabe, gracias a la música de Mozart. Quién sabe, amables lectores, quizá merezcan la pena los años vividos, aunque nos parezcan demasiados, quizás es una ventaja tener un pasado muerto y enterrado en los sepulcros de la memoria sólo por si el azar se complace un día en regalarnos alguna resurrección.

Culpa poética

La mosca nació en la ciudad. ¿Qué culpa tiene una mosca de haber nacido en la ciudad? La mosca murió antes de tiempo sin haber terminado de cumplir con su noble destino poético que, como sabemos, es el de evocar todas las cosas. Un encantador niñito rubio de siete años le arrancó las alas y la arrojó a un humeante café solo con sacarina que algún camarero hubo de cambiar después. El angelito vestido de franciscano (él hubiera preferido de marinero) observaba con morbosa complacencia la agonía del pobre bicho que se ahogaba, que se abrasaba en la infusión. ¿Qué culpa tuvo el niñito de aburrirse en el comedor. No tenía a mano ningún libro de Dickens ni su videoconsola de bolsillo, la de cuidar perritos o matar personas. ¿Dónde hay que ir a buscar, pues, la causa de esta barbarie, la esencia de toda barbarie? ¿Cómo podríamos evitar el sufrimiento atroz de algunas moscas? Aquí no sirve el control lúdico de natalidad (“O con condón o yo pongo stop”). Las moscas seguirán naciendo en las ciudades burlándose de la inteligencia de los urbanistas y no dejarán de molestar al homo sapiens sapiens con su pegajosa y reticular visión de la existencia. Una mutación mucho más profunda y sutil ha de operarse en los corazones inteligentes. Entiéndase el simbolismo de cuanto queda dicho antes de mirar a la rosa, que también agoniza en su búcaro. Sin estertores ni pataleos, ella marchita en silencio para ti. Quizás te mira serenamente desde su cruz de agua. ¿Quién tiene más derecho a la vida: la mosca o la rosa, la ética o la poética? El Universo conoce diversos grados de vida inteligente, también (o sobre todo) en la especie humana.

Pregúntale al lago

La montaña y el lago se guiñan el ojo del tiempo. La ciudad, como una serpiente de carne y piedra, retoza o duerme entre el lago y la montaña. Cien siglos de civilización con sus mezquinos afanes no llegan a rasguño en la piel del lago, a rozadura en el pie de la montaña. Pero los corazones de Neuchâtel, por poco que reparen en ello, pueblan con su reflejo el lago y su cielo, el cielo y su lago, inseparables. Y las mujeres de Neuchâtel son hermosas, porque ungen su piel con la sonrisa del lago, porque guardan en sus ojos la luz profunda del lago.
El lago jamás se oculta. Está siempre distinto. Hoy, como nunca. Tiene una imagen para cada mirada. Los Alpes son un sueño difuso y lejano. Ni siquiera las cuatro estructuras de acero y focos, que se yerguen insolentes sobre el estadio como cuatro monumentales matamoscas, alteran la benéfica presencia del lago, inmediata y remota como un temblor.
Yo aprendo mucho mirando al lago. Aprendo, por ejemplo, que el pensamiento es débil, que no hay propósito en la evolución, que el tiempo no es, que la muerte siempre es ajena, que el arte no salva al artista, que la vida está hecha de momentos, que nadie nos puede ayudar, que convendría contemplar más atardeceres, que el amor es jugar al ping pong, hacer una tarta de chocolate, repasar los países y capitales del mundo. Tú a lo mejor aprendes otras cosas, cada quien es cada cual; no digo datos, no: verdades, emociones, certezas íntimas.
Dicen que todo está en internet, y será verdad, pero yo te digo que todo está en el lago. Encontrarlo depende de la manera de navegar. Hazme caso, detente, despójate de la prisa y pregúntale al lago. Contémplalo. Está ahí temblando desde siempre para ti.

Mientras

La felicidad es un viaje de placer hacia los propios sueños. Unos sueños indisciplinados que entran y salen de su retén de sueños; eso da igual, mientras quede alguno de guardia. Un viaje fragmentado, caótico, hacia una meta volante; eso da igual, mientras parezca coherente. Un viaje azaroso, circunstancial, inexplicable; eso da igual, mientras el viajero permanezca bien orientado. Un viaje incentivado por el éxito o por el fracaso; eso da igual, mientras ambos sirvan para crecer. Un viaje intransferible por naturaleza, una aventura en solitario; eso da igual, mientras al viajero no le falten algunos espectadores interesados.
Así veo yo la felicidad que viene, la de este siglo. Antes se concebía más como un estado que como un viaje. El viaje era en todo caso un medio para conseguir el estado. Ahora no. Ahora lo importante es el viaje. Antes le dábamos mucha importancia a los principios y nos engañábamos con lo causal: unos buenos principios para unos buenos fines. Ahora nos desborda lo casual y la realidad se ha convertido en un mientras permanente y frenético. La identidad, vapuleada por el cambio acelerado de todos sus referentes, se aferra a lo inmediato, a lo abarcable. El buque navega a la deriva. Mientras, nosotros estamos dentro afanados en nuestras mezquinas urgencias. La vida es mientras.
Veamos tres ejemplos. La muerte no perdona. Mientras, me apetece un pincho de tortilla. El Universo nos desvela sus misterios. Mientras, yo me meo: que se espere un poco el Universo. Las multinacionales nos engullen (algunos demócratas tenemos el privilegio de elegir la salsa). Mientras, yo espero (SOS) tu SMS. Y así podríamos seguir dándole pinceladas de inmediatez a la trascendencia. Ni la poderosa dama pudo evitar la juerga de anoche. El sol terminará por apagarse. Mientras, cuida de que no queme tu delicada piel. Se calienta el Globo, se queja la Madre Tierra. Algo habrá que hacer. No sabemos muy bien qué. Mientras, hay días que me duele mucho este cuerpo mío, y otros que no tanto. La guerra y el hambre golpean por doquier a nuestros iguales. Mientras, ayer me regalaste por fin una sonrisa y yo sentí que se me abría el pecho.
Menos mal que las instituciones nos llevan con paso lento, pero firme, por la senda de la verdad. Mientras, un cura piensa que Dios no existe, un médico se burla de su paciente, a un militar se le saltan las lágrimas con el culebrón, un maestro da cabezadas y los niños tiran avioncitos, un policía pone la sirena sólo por joder o una puta regala al más necesitado un dulce beso de amor.

Máquinas

Algunas veces estoy en la terraza y se me escapa el tiempo a darse un baño en el lago. Después me encierro en la realidad poliédrica de mi apartamento y me doy cuenta de que estoy rodeado de máquinas prodigiosas. Casi siempre hacen lo que yo espero de ellas y esa conducta, ya se sabe, es un excelente caldo de cultivo para el agradecimiento y hasta para el cariño. Gracias a ellas tengo la ropa limpia y perfumada, la vajilla brillante, la comida preparada, la información puntual, los seres queridos a tiro de tecla, el agua tibia sobre mi piel, la música de Mozart... En fin, mil mundos en mi mundo y el mundo entero ante mis ojos. ¡Ay, qué sería de mí sin mis máquinas! Ni afeitarme podría sin cortarme la cara. Las tengo en todas las estancias de mi casa: en el dormitorio y en el despacho, en el salón y en el comedor, en la cocina y en el baño. Las uso en el portal y en el garaje, en la oficina y en el club y por doquiera que voy me encuentro con su inagotable y servil geometría. Ellas me suben y me bajan, me llevan y me traen, me duermen y me despiertan, me alegran y me entristecen. Ellas ponen palabras en mis oídos, imágenes ante mis ojos; ellas atrapan y difunden mi espectro y mi voz. Unas son sencillas, cercanas y comprensibles, otras sofisticadas, sorprendentes y seductoras. A muchas doy cobijo bajo mi techo. Un hombre de mi posición puede mantener fácilmente a una docena larga de máquinas y aprovecharse de ellas a su antojo sin quebrantar la ley. ¿Será siempre así? Cuando transito por la casa maquinalmente, descubro a alguna de ellas funcionando humanamente por distracción. Es inquietante lo que pueda pasar en el futuro. Ya hay personas que trabajan como parte de una máquina y máquinas que trabajan como parte de una persona. En lo que a mí respecta, no estoy dispuesto a consentir que reine la confusión. En mi casa mando yo. Y pienso prosperar. De momento estoy ahorrando para poder comprarme en el año 2173 (todavía seré joven) un mayordomo androide, una bola de la felicidad y, por supuesto, un orgasmatrón.

Lengua chupadora

La lengua humana es una poderosa herramienta de comunicación. En la intimidad, las funciones lingüísticas de la lengua, que ya se perciben como ilimitadas, se ven reforzadas hasta el infinito por la función chupadora, capaz de suscitar en el receptor sutiles matices y también carnales evidencias con las que no podría competir el mejor de los poemas.
Comparte el ser humano la función chupadora con buena parte del reino animal y sin embargo, el cerebro privilegiado de esta rarísima especie que somos la dota de un mágico poder de transmisión de sentimientos y emociones. La lengua enamorada se convierte en poesía cuando habla y en música, esa música del tacto, cuando chupa. Esa música del tacto que, como la música del oído, como el suspiro o el beso de los dioses, no necesita pasar por el filtro racional para poner en acción a nuestras neuronas guerrilleras, que nos emboscan, nos asaltan, nos hieren y luego se camuflan y desaparecen dejándonos caer desde las artes del amor hasta la aritmética del voto o la física de la pistola.Se acerca la primavera, hermanas y hermanos en la lengua, y chupar está chupado: no hay más que ponerse. Quitémonos la ropa del miedo, quitémonos el pijama del tedio y no dejemos que se nos escape abril sin decirnos algo bello en ese lenguaje universal y cálido y húmedo que también habla nuestra lengua

La memoria

Una vez, abrí mi teléfono móvil (a mí me gustan de los que se abren) y me sorprendió un mensaje que decía: “memoria casi llena”. No me cabe duda, el mensaje se refería a mí, quiero decir a ella, a mi memoria. Entonces me puse a investigar sobre la memoria, adquirí nuevos conocimientos y puse en marcha algunos trucos para recuperarla. Con gusto los compartiría con mis amables lectores, pero no los recuerdo. Desde aquel fatal aviso, mi memoria me sigue acompañando, pero ya no me ama. Cada día se me pone más rellena y más desganada. Yo trato de reanimarla pidiéndole listas: la de la compra, la de las cosas que no puedo dejar de hacer esta semana, la de las mujeres que me atraen, la de las bellas ciudades que conozco. Pero ella no reacciona. He llegado a pensar que me está haciendo la revolución de Mayo 68. Esa que pretendía poner a la misma altura que lo racional, la imaginación y los sentimientos y que jamás se ha puesto políticamente en práctica.
Voy a explicarme un poco. El día que le pedí la lista de las bellas ciudades, me contestó con unos cuantos nombres, pero no siguió un orden racional, por ejemplo, por continentes o de norte a sur. Tampoco me ofreció las más hermosas fotos ni los más importantes monumentos o museos ni las oportunas referencias geográficas o históricas. No. Me contestó cosas como estas:
En Ámsterdam, me miraste desde el escaparate. En Atenas me dejaste en el Partenón hecho una ruina. En al plaza de Rius y Taulet de Barcelona me regalaste tu medallita de la Moreneta. En Budapest, nos reíamos viendo al payaso de Macdonals desde el Danubio. ¡Qué borrachos acabamos en la fiesta del vino de Burdeos! En Fez compramos esa alfombra tan cara que no nos gusta. En Florencia pensamos casarnos en el Palacio Vecchio. En Estambul aprendimos, no sin esfuerzo, a decir “no” a los vendedores con el tono justo para que no insistieran. En Marrakech nos dio un buen susto aquel encantador de serpientes. En nuestro apartamento de París en el barrio Latino algunos días encendíamos la chimenea. En Sevilla, el calor te hizo perder el conocimiento en una taberna, cerca de la Maestranza. En Venecia no paraba de besarte. En Viena conseguimos entradas, ¡qué suerte!, para aquel concierto de Mozart.
¿Qué os parece este enfoque que le da mi memoria a lo que es importante y lo que no? Yo no puedo hacer nada. Se me ha vuelto hippy o pasota o contracultural, que en el origen revolucionario todo es lo mismo. Tendré que ponerme de su parte y revisar mis valores, porque, si no, no me va a dejar acordarme de nada. A lo mejor resulta que así soy más feliz.

Venecia contigo

¿“…El lejano canal de romántica luz ya no tiene el embrujo que hacía soñar…”? Depende. Vamos a darle jarabe de palo a la nostalgia.
Es bella la nostalgia, no cabe duda, pero su belleza es engañosa. La nostalgia le tiende una trampa estética a la soledad; es la hermanita guapa y bien perfumada del fracaso.
Cambiemos el cuento: La chica de la estación encontró un trabajo, Penélope se quitó el bolso y los tacones y baila descalza en Benidorm, la del muelle de San Blas se vació ella misma los ojos de amaneceres y ahora lo ve todo mucho más claro, y ya es hora de dejar a Caperucita Roja que vaya donde le dé la gana.
Es bella la nostalgia, no cabe duda; ese delicado cosquilleo: “…una góndola va cobijando un amor…”; esa postración embelesada: “… ¡Qué callada quietud! ¡Qué tristeza sin fin!...” Tiene la nostalgia una belleza cautivadora y fantasmal.
Pero nosotros no somos fantasmas, somos de carne y hueso, y Venecia esta ahí, esperándonos. Venecia es la ilusión, es el propósito, es el objetivo, es el proyecto.
No confundamos ingenuidad con optimismo. Todos somos náufragos, ¡eso ya!, pero nadar es bueno para la salud y en ese insignificante hecho de mover los brazos y las piernas tratando de respirar al mismo tiempo hay algo de grandioso, de sublime. Existe un optimismo combativo cuyo ejercicio es beneficioso para la felicidad individual y para la transformación social. La palabra “lucha” está más guapa vestida de “por” que de “contra”. El optimismo puede ser una opción ética y estética. Voy a contaros muchos secretos en mi lengua. Hoy, uno, atended:
Hay quien lo ignora todavía, pero en Venecia vive una princesa (o príncipe) que no se cansa nunca de esperarnos. Nunca está en la aburrida sala del trono, sino que juega a esconderse en las antesalas y los corredores que a ella conducen y solamente se deja contemplar en toda su hermosura en el espejo del otro. Lo más inteligente para poder gozar de su verdadera imagen es salir ahora mismo hacia Venecia contigo. Vamos.

Los principios de la panda

Algunas tardes llegábamos a la docena. Éramos el Calixto (con x), el Nacho, el Pauleras, el Abuelo, el Picota, Pablo Gil y yo, el Tony (con i griega). Ellas eran la Toñi, La Juani, la Pili, Nieves y Araceli. Nadie se preguntó nunca por qué Pablo Gil, Nieves y Araceli no tenían artículo. Solíamos juntarnos en La Abeja de Oro, una taberna de Guadalajara que sigue abierta, aunque ya no es en nada como era entonces. Nos reíamos o sonreíamos más de trescientas veces al día. Hoy está demostrado científicamente que ese es el umbral de la buena salud. (Se trata, como casi siempre, de uno de esos recientes estudios de una prestigiosa universidad americana enunciado en términos estadísticos. Así que, vaya usted a saber, a lo mejor hay alguien que sólo se ríe o sonríe 299 veces al día y también está sano). Nosotros siempre nos estábamos riendo. Éramos una panda. Teníamos cuatro principios de acción conjunta. Había que ver el buen resultado que nos daban. Eran los que siguen: Uno. Con que lo diga uno, vale. Dos. Pues también llevas razón. Tres. ¿Y yo qué, y yo no? Cuatro. ¡Tú también, por supuesto! Nosotros los cumplíamos casi siempre, entre la broma y la vera. Hoy han venido volando hasta mi maltrecha memoria desde quién sabe qué recónditos barrios, estos ingenuos preceptos, los he contemplado desde la perspectiva que da el tiempo y me ha parecido que encierran toda una doctrina de la concordia. Traducidos al lenguaje sesudo de algunos directores de recursos humanos, de esos que se olvidan de que “humanos” es la palabra más importante de las que nombran su cargo, de esos que se ríen o sonríen mucho menos de trescientas veces a l día, podrían quedar así: Uno. Disposición óptima del grupo a aceptar cualquier propuesta de uno de sus miembros, ya que no se concibe que quien la hace piense en otra cosa que en el bien del grupo. Dos. En el caso –improbabilísimo, si se aplica con rigor el principio primero- de discrepancia, todo el grupo dará la razón a quien discrepa, ya que no puede concebirse que lo haya hecho sino desde la absoluta certeza de que la nueva opción planteada es mucho mejor que la anterior para el bien del grupo. Tres. Si un miembro del grupo se siente excluido, debe manifestarlo inmediatamente, dando por hecho que la intención del resto del grupo no puede ser en ningún caso la de excluir de nada a ninguno de sus miembros. Cuatro. Ante una manifestación como la que se apunta en el principio tres, la reacción del resto del grupo será siempre de unánime acogida a quien –sin motivo alguno- se haya sentido excluido. Yo me quedo con la formulación de la panda y me regocija compartirla con mis amables lectores dejando bien claro que, si alguno piensa otra cosa, también lleva razón.

La ameba (acercamiento emocional)

¿Hay poesía en el lenguaje científico? ¿Hay connotación en las definiciones? El limitado uso lógico y racional del lenguaje nos priva de su sabiduría emocional. No prestamos la debida atención a esta forma de conocimiento tan palmaria, tan natural (la inteligencia ya puede ser artificial), tan humana.
Todo el mundo sabe (o puede saber fácilmente) que la ameba no es otra cosa que un protozoo rizópodo que carece de cutícula y emite seudópodos incapaces de anastomosarse entre sí. ¡Bendita sea la ciencia, que siempre nos saca de dudas sobre lo más elemental! Se trata de una definición conmovedora. Todos hemos sido unicelulares aunque no lo recordemos. Yo no recuerdo cosas mucho más recientes. Carezco de cutícula en el alma y ando siempre expuesto y dispuesto a las más inesperadas simbiosis. Ciertamente, tiendo a ser tolerante con estos seres vivos tan simples. Al fin y al cabo, ¿quién no emite seudópodos? Moviéndolos todos a la vez, podemos siquiera soñarnos en el camino como se arrastraba el monstruoso Gregorio Samsa ayudándose de sus débiles patitas.
Pero dejemos la inteligencia y la memoria, ambas emocionales, y detengámonos en la voluntad: esa incapacidad para anastomosarse entre sí no es de recibo. No pueden anastomosarse entre sí, de acuerdo, pero que se anastomosen con otros. Es muy fácil decir: “yo no me anastomoso, porque no puedo” y quedarse así, sin anastomosar, toda una cadena evolutiva. ¡Así no se progresa ni se llega a tejido ni a organismo ni a nada!
En fin, desde la ignorancia científica de lo que significa anastomosarse, desde esta ignorancia de todo a la que me han conducido tantos años de esfuerzo, quiero confesar que me siento muy próximo a ese bichito. Porque carece, porque lo que emite es falso e incapaz de algo incomprensible, porque es muy simple y tiene una definición muy compleja, ¿como el amor?, ¿como la existencia?; porque, a pesar de todo esto y por encima de todo esto, goza de un asombroso don: está vivo.