Culpa poética
La mosca nació en la ciudad. ¿Qué culpa tiene una mosca de haber nacido en la ciudad? La mosca murió antes de tiempo sin haber terminado de cumplir con su noble destino poético que, como sabemos, es el de evocar todas las cosas. Un encantador niñito rubio de siete años le arrancó las alas y la arrojó a un humeante café solo con sacarina que algún camarero hubo de cambiar después. El angelito vestido de franciscano (él hubiera preferido de marinero) observaba con morbosa complacencia la agonía del pobre bicho que se ahogaba, que se abrasaba en la infusión. ¿Qué culpa tuvo el niñito de aburrirse en el comedor. No tenía a mano ningún libro de Dickens ni su videoconsola de bolsillo, la de cuidar perritos o matar personas. ¿Dónde hay que ir a buscar, pues, la causa de esta barbarie, la esencia de toda barbarie? ¿Cómo podríamos evitar el sufrimiento atroz de algunas moscas? Aquí no sirve el control lúdico de natalidad (“O con condón o yo pongo stop”). Las moscas seguirán naciendo en las ciudades burlándose de la inteligencia de los urbanistas y no dejarán de molestar al homo sapiens sapiens con su pegajosa y reticular visión de la existencia. Una mutación mucho más profunda y sutil ha de operarse en los corazones inteligentes. Entiéndase el simbolismo de cuanto queda dicho antes de mirar a la rosa, que también agoniza en su búcaro. Sin estertores ni pataleos, ella marchita en silencio para ti. Quizás te mira serenamente desde su cruz de agua. ¿Quién tiene más derecho a la vida: la mosca o la rosa, la ética o la poética? El Universo conoce diversos grados de vida inteligente, también (o sobre todo) en la especie humana.
Pregúntale al lago
La montaña y el lago se guiñan el ojo del tiempo. La ciudad, como una serpiente de carne y piedra, retoza o duerme entre el lago y la montaña. Cien siglos de civilización con sus mezquinos afanes no llegan a rasguño en la piel del lago, a rozadura en el pie de la montaña. Pero los corazones de Neuchâtel, por poco que reparen en ello, pueblan con su reflejo el lago y su cielo, el cielo y su lago, inseparables. Y las mujeres de Neuchâtel son hermosas, porque ungen su piel con la sonrisa del lago, porque guardan en sus ojos la luz profunda del lago.
El lago jamás se oculta. Está siempre distinto. Hoy, como nunca. Tiene una imagen para cada mirada. Los Alpes son un sueño difuso y lejano. Ni siquiera las cuatro estructuras de acero y focos, que se yerguen insolentes sobre el estadio como cuatro monumentales matamoscas, alteran la benéfica presencia del lago, inmediata y remota como un temblor.
Yo aprendo mucho mirando al lago. Aprendo, por ejemplo, que el pensamiento es débil, que no hay propósito en la evolución, que el tiempo no es, que la muerte siempre es ajena, que el arte no salva al artista, que la vida está hecha de momentos, que nadie nos puede ayudar, que convendría contemplar más atardeceres, que el amor es jugar al ping pong, hacer una tarta de chocolate, repasar los países y capitales del mundo. Tú a lo mejor aprendes otras cosas, cada quien es cada cual; no digo datos, no: verdades, emociones, certezas íntimas.
Dicen que todo está en internet, y será verdad, pero yo te digo que todo está en el lago. Encontrarlo depende de la manera de navegar. Hazme caso, detente, despójate de la prisa y pregúntale al lago. Contémplalo. Está ahí temblando desde siempre para ti.
El lago jamás se oculta. Está siempre distinto. Hoy, como nunca. Tiene una imagen para cada mirada. Los Alpes son un sueño difuso y lejano. Ni siquiera las cuatro estructuras de acero y focos, que se yerguen insolentes sobre el estadio como cuatro monumentales matamoscas, alteran la benéfica presencia del lago, inmediata y remota como un temblor.
Yo aprendo mucho mirando al lago. Aprendo, por ejemplo, que el pensamiento es débil, que no hay propósito en la evolución, que el tiempo no es, que la muerte siempre es ajena, que el arte no salva al artista, que la vida está hecha de momentos, que nadie nos puede ayudar, que convendría contemplar más atardeceres, que el amor es jugar al ping pong, hacer una tarta de chocolate, repasar los países y capitales del mundo. Tú a lo mejor aprendes otras cosas, cada quien es cada cual; no digo datos, no: verdades, emociones, certezas íntimas.
Dicen que todo está en internet, y será verdad, pero yo te digo que todo está en el lago. Encontrarlo depende de la manera de navegar. Hazme caso, detente, despójate de la prisa y pregúntale al lago. Contémplalo. Está ahí temblando desde siempre para ti.
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