Errancias de funcionario

Digo yo que, con perdón de los eruditos, la palabra “errancia” falta en el diccionario, porque si para errar (equivocarse) tenemos los sustantivos error, yerro, y el más específico errata, para errar (ir sin rumbo) no tenemos más que el adjetivo errante, que es muy bonito, pero sustantivo falta. Cuando se divaga, es decir, cuando se yerra con el pensamiento, se comete una divagación, perro cada vez que se va de acá para allá, sin otro propósito que el de recorrer algún camino, que el de dejarse sorprender por la vida, esa dama caprichosa, entonces lo que se comete es una errancia. Lo que dure, dura. Borges se quedó con ganas de más errancias. En su poema último confiesa que se arrepiente de haber usado demasiado el termómetro y el paracaídas. A mí que no me pase. Yo, aunque funcionario, estigma no pequeño, quisiera ser el funcionario errante. Ya sé que la expresión “funcionario errante” puede parecer contradictoria u obvia, según se mire, pero ya estoy acostumbrado a que me definan administrativamente con expresiones tan contradictorias (u obvias) como “propietario provisional” o “residente en el exterior”. Funcionario errante, eso es. El funcionario errante no quiere volver a olvidar esas bellísimas (y obvias) contradicciones de la adolescencia con que le han obsequiado sus hijos en su última visita. No pararía nunca de errar con ellos, porque ellos son capaces de beberse el mundo con los ojos, de comerse la felicidad de cada momento hasta que se les deshace en los labios, de reírse hasta perder el control, cantar hasta que se les quiebra la voz y desear hasta el aturdimiento, porque correrían hasta el límite de sus fuerzas para ver qué se esconde detrás del horizonte.
Cuando los hijos se le volaron, el funcionario errante sintió como si se le agigantara el pasado y forzó su lesa memoria para intentar mantener en los ojos y los labios, en la risa y el deseo, en los cantos y las errancias, el empuje de una resucitada adolescencia.

Plegaria democrática


Yo confieso ante la Democracia, consoladora de los justos, y ante vosotros, hermanos demócratas, que atento mucho contra nuestro ideal compartido con el pensamiento, la palabra, la obra y la omisión.
¡Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa!
Porque me acechan pensamientos antidemocráticos, serias dudas de fe en la democracia, cuando compruebo las propiedades que el dinero ha, hubo y habrá, en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Porque se me escapan palabras antidemocráticas cuando hablo de toda esa gente peor que nosotros. ¡Me refiero a esos antidemócratas del infierno!
Porque impongo mis opiniones a mis subordinados con la arbitrariedad y la impunidad del más denostable de los dictadores, argumentando – y creyéndomelo – que es lo mejor para todos.
Y, lo más importante, por lo mucho que no hago para implementar o reflotar la democracia en este valle de codicias.
¡Quién pudiera expulsar a los mercaderes del templo, armado solo con el látigo de la democrática indignación! ¡Quien pudiera prometer un paraíso no fiscal!
Por eso ruego al gobierno mundial, casi virgen, a los pensadores alados de Porto Alegre, a los políticos no corruptos y a vostros, demócratas globales, que intercedáis por mi ante... ante... lo ante posible.